Desde siempre Isla de Pascua estuvo en mi lista de lugares por conocer antes de morir. Sin embargo siempre la iba relegando de los primeros puestos porque llegar hasta ahí era un viaje largo, complicado y, por ser la isla habitada más remota del planeta, implicaba también un viaje exclusivo a ese destino con pocas posibilidades de optimizar la ruta para recorrer otros.
Hoy escribo esto sobre el Océano Pacifico desde uno de los vuelos de LAN que salen diariamente desde Santiago y que son parte de una iniciativa nacional para incorporar Rapa Nui – o “Tepito Ote Henua”, el ombligo del mundo en el idioma original – de manera más integrada al Chile continental, haciéndola más accesible de incluir en un itinerario en conjunto con otros de los diversos destinos del país.
Basándome en la cantidad de pasajeros que van conmigo (el vuelo va lleno y me comentan que es así todos los días) es evidente que el plan está teniendo éxito, no solo por el número de chilenos que ahora pueden conocer ese remoto pedazo de su territorio con mucha más facilidad, sino también por el creciente número de viajeros internacionales que ahora alimentan el turismo, la principal industria de la isla. La afluencia de colombianos a Isla de Pascua por ejemplo creció 1,200% entre 2011 y 2012 y las perspectivas de crecimiento son aún mayores.
Este sigue siendo quizás un viaje de una sola vez en la vida, pero ahora es un viaje de una sola vez en la vida mucho más accesible.

Todos tenemos una imagen idealizada de nuestros destinos de ensueño y en mi caso Isla de Pascua evoca una tarde de mi niñez – antes de que me convencieran de que con la arqueología, mi primerísima vocación, “me iba a morir de hambre” – cuando revisando una vieja colección de cromos me encontré con un dibujo de tres enormes caras de piedra en lo que parecía una isla idílica frente a un mar muy azul.
“Moais – Isla de Pascua” era el breve mensaje que se leía al pie.
He crecido y viajado lo suficiente para aprender que esas imágenes de los principales atractivos turísticos del mundo generalmente no son exactamente como las pintan (Las pirámides de Egipto están al lado de una carretera, es dificilísimo tomar una foto de Machu Picchu sin cantidades industriales de turistas, la Torre de Pisa es bastante más pequeña de lo que uno se imagina) pero en mi mente siempre quedó intacto ese dibujo que me llevó a averiguar que esa isla en un sitio llamado Polinesia era parte de Chile y que los Moais eran unos misteriosos seres de piedra de los que no se sabía mucho.
En los próximos días comprobaré que a veces las imágenes que guardamos con nosotros sí pueden llegar a ser reales y a enterarme de que los Moais son sólo una pequeña aunque importante parte de la historia de los Rapa Nui , voy a aprender y darme cuenta además de que a pesar la complicada y a veces trágica historia de este pueblo – que fue el primero en causar un desastre ecológico, estuvo en constante guerra, llegó a practicar el canibalismo y fue esclavizado por mercenarios – la energía, la magia y misticismo que se siente en toda la isla no me va a abandonar ni un minuto.
Voy a vivir además en primera persona esta zona inexplorada y mítica, un lugar para personas a las que no solo les interesa un destino de playa , sino que se dejan deslumbrar por la cultura, topografía y arqueología que solo en este aislado sitio del mundo se pueden experimentar.

Pero todo eso lo voy a descubrir una vez que esté ahí. Por ahora el avión ya ha aterrizado en el aeropuerto de Hanga Roa, la capital. Apenas salgo me toma unos segundos acostumbrarme al golpe de calor, me pongo las gafas de sol y subo la mirada para ver el cercanísimo Océano Pacifico y sobre él un enorme arco iris que ha salido a recibirnos.
“! Iorana !” (Bienvenido), me dice alguien mientras me pone un collar de flores. Y de pronto caigo en cuenta de que después de todos estos años, voy por fin a conocer en persona a esos tres moais de mis cromos.
JL





