En el límite del barrio Lastarria, sobre la avenida Alameda (oficialmente llamada Libertador Bernardo O’Higgins) y en pleno corazón de Santiago, había un edificio bastante feo, una mole gris y triste. Esa construcción era el edificio Diego Portales, cuando yo lo conocí por primera vez era un centro de convenciones cuya arquitectura gigantesca contrastaba con los alrededores llenos de árboles y calles empedradas.
Hoy me encuentro en ese mismo sitio y no puedo parar de decirle a mi guía lo sorprendido que estoy por el cambio. Para empezar el acceso a lo que antes era un lobby cerrado y oscuro está ahora completamente abierto al público, en los parlantes se escucha música de Los Fabulosos Cadillacs y los carteles que nos rodean colgados del altísimo techo anuncian al menos 5 actividades culturales paralelas, incluido un ciclo de danza con compañías de Dinamarca, Noruega y Finlandia y la presentación de una nueva obra de kabuki, el teatro japonés, en versión contemporánea.

Cafés con menús escritos con tizas de colores, tiendas de vinos, gente pintando al aire libre, murales de colores vivos…. el hoy re-nombrado (y renombrado) Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM) no puede ser más distinto al antiguo Diego Portales.

Aunque no estaba en mi itinerario decido que no puedo irme sin conocer el GAM por dentro. Y no me equivoco. El Centro tiene una sala de espectáculos para 2.500 personas, otra exclusiva para danza, un archivo de artes escénicas y una audioteca anexa a una biblioteca.
Acá me tengo que detener un segundo.
Los que me conocen saben que tengo dos debilidades cuando viajo a ciudades grandes: las librerías y las bibliotecas, y la del GAM entra en mis top 5 de América Latina sin duda alguna. A pesar de ser un miércoles en la mañana las salas están repletas de gente de todas las edades que consultan libros, catálogos, diarios y sus computadoras con la conexión gratuita a internet que brinda el centro. El área donde están dispuestos los libros, incluida una sección exclusiva para niños, merece una mención aparte y tanto por su temática como por su diseño uno pensaría que está en una librería Taschen de cualquier capital del primer mundo y no en una biblioteca pública en el centro de Santiago de Chile.
Pero la mayor revelación viene cuando converso con Roberto Toro , mediador del Centro, que en una larga charla me cuenta como el GAM se llamó originalmente Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral hasta que durante el golpe militar de 1973 se convirtió en un, para muchos, siniestro lugar de operaciones políticas y posteriormente en el cuartel general de la Junta Militar. Al regreso de la democracia en 1990 tomó el nombre de Diego Portales hasta que un misterioso incendio en marzo del 2006 destruyó casi toda la estructura del edificio.

Ese accidente marcó el renacimiento del espacio como un centro artístico y cultural de nivel mundial donde, por ejemplo, hay conciertos gratis todos los fines de semana y que constituye un símbolo de cómo los chilenos son capaces de mirar hacia adelante a pesar de las diferencias del pasado.
JL





