Los siete grados con los que me recibe Santiago en esta mañana de invierno me transportan de inmediato a la época en que vivía acá cuando era estudiante y venía al aeropuerto de madrugada a tomar vuelos de último minuto en oferta. Pero aunque somos los mismos, Santiago de Chile y yo hemos cambiado, hemos crecido y de alguna manera nos hemos sofisticado.
De camino al hotel mi guía Víctor me pone al corriente sobre las cosas que durante los siguientes días yo mismo voy a comprobar. La capital de Chile no solamente no ha parado de progresar en infraestructura incorporando una línea más a su moderno metro -elegido como el mejor de América y que cuenta con algunas estaciones que son verdaderas obras de arte- construyendo el rascacielos más alto de Sudamérica en el barrio de Providencia, renovando a niveles del primer mundo su parque automotor o reorganizando el transporte público mediante el Transantiago, el controvertido símil de nuestro bogotano Transmilenio, sino que poco a poco se nota como los santiaguinos van tomando posesión de su ciudad y haciéndola suya. En el corto trayecto hacia mi hotel, el estupendo Su Merced ubicado en el barrio Lastarria justo frente al tradicional Parque Forestal, probablemente veo más librerías, galerías de arte, restaurantes étnicos y gente movilizándose en bicicleta de las que vi en mis seis años viviendo aquí.
Luego de instalarme en mi habitación y dejar algunas cosas listas para documentar el viaje – recuerden siempre que es necesario llevar adaptadores de enchufes al viajar a Chile– nos dirigimos hacia el oriente a la exclusiva comuna (barrio) de Vitacura, una de las más progresistas – y acaudaladas – del país. Es ahí donde se construyó entre 2007 y 2011 el monumental Parque Bicentenario, un complejo de 30 hectáreas con alrededor de 4000 árboles, una laguna artificial, restaurantes y áreas de juego para niños y que es en la práctica uno de los más grandes y muy necesarios pulmones de la ciudad. El parque recibe a unos 24.000 visitantes al mes que disfrutan al aire libre de las actividades culturales, deportivas y recreativas que se generan en este espacio.
No lejos de ahí tengo mi primer y delicioso encuentro con la nueva cocina chilena en el restaurant Casa Mar del chef Tomas Olivera, uno de los pioneros en sofisticar la comida típica casera de su país para convertirla en una verdadera experiencia gourmet.
El resto de la tarde mí reencuentro es con el Santiago más clásico, el del centro de la ciudad y sus alrededores.
Empezamos el recorrido en la Plaza la Ciudadanía frente al Palacio de la Moneda, la casa de gobierno. Remodelada en 2006 , la plaza es la pieza central del Centro Cultural Palacio de la Moneda un gran complejo subterráneo que cuenta además con dos espejos de agua, dos líneas de fuentes y en el óvalo central, el mástil que porta la Bandera Bicentenario, una bandera chilena de 27 x 18 metros. “El tamaño de una cancha de tenis” me comenta Víctor orgulloso. Este cambio en el paisaje urbano de Santiago de Chile es particularmente importante porque simboliza la larga transición que ha tenido que pasar el país en su historia moderna. La Moneda, antes un edificio cargado de connotaciones autoritarias, es ahora un espacio cultural abierto a toda la ciudadanía. Incluso las marcas de balas producto del golpe de estado de 1973, que hasta hace unos años aún se podían ver en las fachadas de los edificios que rodean la plaza, han sido paulatinamente borradas.
El mismo aire de cambios se respira en la cercana Plaza de Armas donde inmigrantes peruanos, ecuatorianos, colombianos y hasta africanos han establecido sus negocios y sitios de reunión creando un ambiente multicultural que desde hace algún tiempo va influyendo y mezclándose en la sociedad santiaguina que empieza así poco a poco a convertirse en una ciudad verdaderamente cosmopolita.
Mi primer día en Santiago ya está terminando y antes de que caiga el sol decidimos contemplar la ciudad desde el cerro San Cristóbal, el icono natural de Santiago. Subimos hasta la cima, al pie de la virgen de 14 metros que fue transportada hasta ahí a lomo de mula en 1908- y desde donde disfrutamos el atardecer mirando toda la ciudad rodeada por la imponente Cordillera de los Andes.
Pido acabar el día yendo al Liguria de la Avenida Manuel Montt, un bar infaltable en el circuito santiaguino y en mi vida de universitario. Antes un bar de sillas de plástico, no me sorprende ver cómo ha crecido no solo en tamaño sino en la variedad y sofisticación de su carta, eso sin mencionar que esta noche un trío de viejos acordeoneros nos interpretan tango en vivo. Mientras me como una típica – y deliciosa- paila de congrio al ajillo me alegro de comprobar que aunque Santiago y yo hayamos cambiado tanto, nos seguimos llevando tan bien como siempre.
JL

