Viví en Chile durante casi 6 años, una de las pausas más largas en un solo país de toda mi vida de viajero. Fue ahí donde empecé y terminé la carrera que me acercó a los mundos de la comunicación y el turismo, tuve mi primer empleo “oficial”, recorrí el país mochila al hombro – la única forma en que viajaba en esa época – con la tranquilidad de saber que había tiempo de hacerlo sin apuro porque estaba en mi casa (temporal, pero mi casa) y pasé la mayoría de mis 20s, lo que algunos definen como la mejor época de una vida.
Durante los 12 años siguientes en los que me fui “para siempre” de Chile, seguí viajando por el mundo, aprendiendo de todas esas nuevas experiencias y casi sin darme cuenta, profesionalizándome en esto: viajar para contarlo.
En todo ese tiempo había vuelto a Santiago de forma esporádica un par de veces en visitas muy cortas que más se parecían a pasar por la ventana de la casa de un viejo amigo y pensar “tengo que parar a saludarlo un día de estos” que al reencuentro que uno sabe que esa amistad merece pero que siempre deja para un después que pocas veces llega.
En junio de este año, gracias a la invitación de Lan Colombia y Turismo Chile, ese encuentro finalmente llegó y pude ver de forma distinta al que alguna vez fue mi país adoptivo, en esta ocasión con otros ojos: los de la experiencia y los del viajero que no deja que la rutina adormezca su capacidad de sorprenderse.
Los posts de esta serie son las crónicas de viaje de ese Chile vanguardista que no dejó de sorprenderme durante 10 días.
JL

